Most Recent

This I Call to Mind / Esto Traigo a mi Corazon

Dec 28, 2025    Pastor Javier Vega

What do we do when life feels like it's crushing us under its weight? In this powerful exploration of Lamentations 3:19-26 pastor Javier invited us into one of Scripture's most honest conversations about suffering, discipline, and hope. In doing so we discovered that biblical faith doesn't begin by pretending that everything is fine—it actually starts with brutal honesty about our pain. 


The prophet Jeremiah stands in the ruins of Jerusalem, naming his affliction, his wandering, his bitterness. He doesn't sugarcoat the devastation or rush to empty optimism. Instead, he models something revolutionary: looking back at pain with clear eyes before moving forward. 


What makes this passage so compelling is its recognition that sometimes our suffering comes as a consequence of our own disobedience, yet even in discipline, God's character remains steadfast. The turning point comes with a simple but profound declaration: 'This I bring to my mind, therefore I have hope.' We learn that hope isn't a feeling that accidentally arrives—it's a deliberate choice about what we allow to occupy our thoughts. 


When we anchor ourselves in God's unfailing mercies, His endless compassion, and His great faithfulness that renews every morning, we find solid ground even when everything else has been stripped away. This isn't about denying reality; it's about choosing which reality will define us—our circumstances or God's character.


¿Qué hacemos cuando la vida se siente como si nos estuviera aplastando con todo su peso? En esta poderosa reflexión sobre Lamentaciones 3:19–26, el pastor Javier nos invitó a entrar en una de las conversaciones más honestas de las Escrituras sobre el sufrimiento, la disciplina y la esperanza. Al hacerlo, descubrimos que la fe bíblica no comienza fingiendo que todo está bien; en realidad, empieza con una honestidad brutal acerca de nuestro dolor.


El profeta Jeremías se encuentra de pie entre las ruinas de Jerusalén, nombrando su aflicción, su extravío, su amargura. No endulza la devastación ni se apresura a un optimismo vacío. En cambio, modela algo revolucionario: mirar el dolor con claridad antes de avanzar.


Lo que hace este pasaje tan impactante es que reconoce que, a veces, nuestro sufrimiento llega como consecuencia de nuestra propia desobediencia, y aun así, incluso en medio de la disciplina, el carácter de Dios permanece firme. El punto de inflexión llega con una declaración sencilla pero profunda: “Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza:” Aprendemos que la esperanza no es un sentimiento que llega por accidente; es una decisión deliberada sobre lo que permitimos que ocupe nuestros pensamientos.


Cuando nos anclamos en las misericordias inagotables de Dios, en su compasión infinita y en su gran fidelidad que se renueva cada mañana, encontramos un terreno firme incluso cuando todo lo demás ha sido quitado. Esto no se trata de negar la realidad; se trata de elegir qué realidad nos definirá: nuestras circunstancias o el carácter de Dios.